martes, 9 de marzo de 2010

Todo lo que usted quería saber de la Expo Sexo (3)


FIEBRE DEL SÁBADO POR LA NOCHE

El mayor atractivo de la Expo Sexo es sin duda la presencia de estrellas porno. No importa quiénes o cuántas sean, ni qué tantas entradas arrojen en el buscador del Google. San Fernando es tan generoso que nunca te decepciona.

“Ésa es Alexis Texas”, le dije a Luis mientras una multitud acompañaba a una chica rubia que gritaba como porrista de Americano. Había tanta gente alrededor que en otro ámbito, saber quién estaba en medio podría pasar como prueba para el optometrista. Con Alexis es distinto. Digamos que podría reconocerla con más facilidad que a un pariente.

En la Expo había algunos escenarios reconstruidos según las típicas fantasías del cine XXX: un cuarto de hotel, un consultorio, un camión de bomberos. Sobre ellos, las estrellas pornos provocaban a un público ávido de tener un testimonio de que estuvieron en alguna ocasión del mismo lado de una cámara.
“Por este tipo de cosas no tenemos dinero”, dijo Luis. Y era verdad. Habíamos viajado estafando la tarjeta de crédito de su papá, con una cámara prestada, pretextando una presentación en la Feria del Libro de Minería.


Todas las filas eran largas, pero a los asistentes parecía no importarles. Las estrellas XXX distribuían su tiempo entre modelar para un grupo desordenado de gente que no dejaba de disparar sus flases, firmar tickets de entrada y posar junto a sus admiradores. Nos formamos con la esperanza de terminar en brazos de Jennifer Dark, quien no perdía oportunidad para mostrar los pechos o dejarse fotografiar el trasero.

“Está buena la gringuita”, comentó un tipo que estaba delante de mí y cuyos movimientos nerviosos, me empezaban a desesperar.

“Es checa”, corregí. Luis diría que es ese tipo de datos que no me harían ganar en Maratón.

“¿Y cómo se llama?”

Le dije su nombre.

“¿Será que lleguemos?”

Lo terrible de la convivencia en eventos eróticos es que terminas intimando con personas que en otra circunstancia preferirías evitar.

“Sabes, soy circunciso”.

Busqué con desesperación a Luis, pero había corrido a tomarle fotos a Kagney Lynn Carter.

“Lo hice por mi novia”.

Eso demostraba que aún cuando estábamos rodeados de todas las manifestaciones posibles de la lujuria aún había espacio para hablar de cosas que uno hace por amor.

Un momento, me dije, esta fila es una cosa que estoy haciendo por amor.

Jennifer pareció entenderlo y me regaló una sonrisa que tuve que compartir con otras cincuenta personas.

Cuando faltaban diez sujetos para llegar a la checa que me había dado tantos momentos felices al inicio de mi relación con Internet (de hecho, era como ir a conocer a Winnie Cooper: un ajuste de cuentas con el pasado), un gordo asqueroso se subió para decir que ya no habrían más fotos. Todo mundo protestó más enérgicamente que si les hubieran quitado el seguro médico. Nadie sabía qué pasaba ahí, pero el gordo señaló la hoja de los horarios. El circunciso se alejó sin despedirse.


Estaba decidido a no tener una nueva decepción, así que me formé en una fila que parecía avanzar con rapidez. Un grupo de vallas rodeaba a un camión de bomberos y a un costado Alexis Texas y Tory Black regalaban felicidad a una multitud de pobres diablos. En efecto, ¿qué más se le podía pedir a la vida sino paciencia suficiente para ponerse en medio de esa pareja?

Fotografiar a Alexis Texas desde la valla satisface la misma necesidad de los videos amateur: pensar que se trató de algo real. ¿Por qué arriesgarse a golpes, mentadas, empujones por una foto que no será mínimamente mejor que la que puedas encontrar en Internet? ¿Qué encanto produce verlas fuera del plató? Cualesquiera que sean las respuestas, es indudable que Alexis y Tory saben lo que busca su público: no la cercanía, sino las evidencias de la cercanía.

Tory es la primera en llegar hasta nuestro lado. Con ademanes pregunta que si queremos firmas. La mayoría de las personas que estamos ahí sacamos nuestros tickets de entrada para tener las letras de Tory y sus “OXOXOX” como un tesoro una vez que regresemos a nuestras casas. Ella hace lo suyo: escribe con un plumón sobre gorras, brazos y camisas, y momentos después pone la mano en su oreja para pedir los gritos de la audiencia.
“No mames, cabrón, le diste tu credencial para votar”, dice alguien.
El otro alza los hombros como si no necesitara cobrar ningún cheque en las próximas semanas.


Después de posar haciendo juntas todo ese tipo de cosas que haría lagrimar a cuarentón, Tory y Alexis entablan una justa competencia por los aullidos del público. Alexis –cuyo trasero se encuentra alojado en millones computadoras del mundo- se acerca a nuestro lado. Un ejército de manos se extiende hacia ella, pero un fortachón de seguridad cuida que ningún meñique llegue siquiera a la diosa. El público enardecido corea su nombre. Un adolescente de pelo largo me empuja contra la valla metálica. Alexis habrá creído que ese color rojo de mi cara era de haberla tenido tan próxima.

Hay una diferencia sustancial entre las teiboleras y las pornostars: la forma en que afrontan el trabajo. Las teiboleras ponen caras de burócratas de la SEP, las pornostars parecen estar disfrutándolo todo el tiempo. Las estrellas XXX saben por qué les pagan, saben que tendrán que fotografiarse con hombres feos y gordos, la mayoría salidos en alguno de esos reportajes de la CNN sobre Latinoamérica. Por eso no tienen problemas con sus admiradores. Les sonríen, los besan, dejan que las abracen, cumplen la fantasía de que aquel doble de Rigo Tovar parezca estar lamiéndoles el pecho. En fin, que no los padecen sino hasta parecen divertirse junto a ellos. Quizás por eso las estrellas porno despiertan más mi simpatía que las teiboleras.

Finalmente no llego a Tory ni a Alexis. Si algo define a este país son sus filas, nuestra incapacidad para organizarnos y llegar a un sitio en común. Delante de mí, una veintena de connacionales se han establecido , a fin de no perder el magnífico lugar que supone estar de frente a las estrellas porno. En nada los conmueven nuestros gritos y nuestra desesperación: permanecen impávidos disparando flashes cada que alguna de las pornoestars se inclina o lanza un beso. Mientras tanto que los demás nos jodamos.