jueves, 12 de febrero de 2009

Sexo por Axe (del Oxxo)

Hasta antes de Axe los machos pensaban que el secreto de la atracción estaba en una entrepierna abultada. Después de Axe, los hombres tuvieron tiempo de fijarse en dos regiones más al norte, que no eran los lóbulos del cerebro. Como si fuéramos maridos borrachos que regresaban a casa del prostíbulo, el secreto de la supervivencia estribaba en saber engañar el olfato de una mujer.


En los últimos 15 años, Axe ha sabido venderse como el elemento clave en el manual del seductor. A diferencia de otras exigencias femeninas, como los buenos modales o las tareas hechas a última hora, el desodorante Axe requiere un esfuerzo mínimo (y con amplias posibilidades de volverse una rutina; los buenos modales o las tareas a última hora sólo alcanzan el estatus de rutina después del matrimonio). Tener éxito con las mujeres no te consumirá ni medio minuto: es lo que queríamos oír.


Para nadie es un secreto que Axe explota la idea de que todas las mujeres pueden actuar como fans enloquecidas sin que nosotros seamos necesariamente Brad Pitt. Sus comerciales hablan del éxito de sujetos cuyo mayor mérito ha sido pasarse una barra perfumada en los sobacos. Porque, ¿quién puede resistirse a un mundo donde todo heroísmo se reduce a escoger un buen antitranspirante del súper? Si tomamos en cuenta que Axe es la marca de desodorantes más vendida del planeta, algo me hace pensar que muy pocas personas.


El desodorante Axe vino a masificar un deseo que tiene entre otros precursores nada menos que a Roald Dahl (sí, el mismo autor de Charlie y la fábrica de chocolates). En su cuento “Perra”, proveniente de su libro Switch Bitch (combinación de palabras que merece nombrar a más de un artículo en la sex shop), Dahl cuenta la historia de un perfume que contenía un “olor primario puro, estimulante sexual que miles de años atrás hacía que el hombre primitivo se comportase como un perro”. Ese olor irresistible provocaba en los seres humanos un deseo incontrolable por fornicar con la mujer o el hombre que estuviera al lado y representaba la oportunidad de perder la cabeza por unos momentos. En pocas palabras, hacía lo que en la actualidad conocemos como “el efecto Axe”.


Monjas que se colocan ganchos de ropa en la nariz, mujeres en largas filas frente al confesionario, un hombre de chocolate codiciado a mordiscos, el imaginario de Axe nos vende la idea de que otra promiscuidad es posible. Si se puede perder la cordura por un olor, el mundo merece aún la pena.



Toda publicidad escarba en los deseos y simplifica las dificultades. Como el porno. El sueño de todo hombre es provocar el efecto Axe con las axilas intactas.